3 de julio de 2026

Carta desesperada del director de la Clínica Belgrano de Quilmes: “No quiero ser Favaloro”


Carta desesperada del director de la Clínica Belgrano de Quilmes, Ezequiel López: “No quiero ser Favaloro”

 la salud pública argentina, tomó la decisión más trágica y dolorosa. Se quitó la vida para que su

Fundación sobreviviera, asfixiado por las deudas acumuladas, la burocracia y la falta de respuesta de

un sistema estatal que le dio la espalda cuando más lo necesitaba.

Hay hechos de nuestra historia que deberían funcionar como un límite infranqueable, desde lo

institucional y lo humano. Sin embargo, a casi 26 años de aquel tiro al corazón que nos enlutó para

siempre, la historia parece empecinada en repetirse, pero esta vez de forma silenciosa, afectando a

cientos de prestadores de salud que hoy sostenemos el sistema médico actual.

Me veo obligado hoy a escribir estas líneas no solo como médico o como responsable de una

institución de salud que se niega a desaparecer, lo hago también como un ser humano agotado de

combatir contra el sistema.

Realizo este pedido de ayuda con la urgencia de quien ve como la falta de pago, el ahogo financiero,

los plazos de pago alargados y la falta de actualización de los valores de las prestaciones nos

acercan al abismo.

Como le sucedió en su momento al Dr. Favaloro. el peso de la responsabilidad de sostener una

clínica, un sanatorio o un servicio de atención médica para los afiliados de la seguridad social

representa hoy un acto de sacrificio insoportable. Detrás de cada cápita y de cada prestación hay

sueldos de personal de salud, insumos dolarizados, mantenimiento edilicio y, por sobre todo, la vida y

la dignidad de miles de pacientes que merecen una atención de excelencia.

Para cualquiera de nosotros, dedicarnos a la medicina en este país implica el anhelo profundo de

reflejarnos en el ejemplo de vida del Dr. Favaloro: su humildad, su excelencia, su humanismo y su

entrega absoluta al paciente. Sin embargo, la realidad actual nos enfrenta a una paradoja perversa y

dolorosa. Es inadmisible que seguir sus pasos en el cuidado de los más vulnerables nos condene a

compartir también su final.

Quiero honrar su vida, no verme obligado a repetir su tragedia.

Así, no quiero ser Favaloro.