El teléfono de Graham Bell: ¿Una invención por amor o por progreso?
(Escribe Nazareno Juan Cruz Gallardo)
Fue el destino quien dispuso que Alexander Graham Bell pasara a la historia por inventar el teléfono, porque desde el mismo día en que nació, el 3 de marzo de 1847, hasta su muerte, 75 años después, dos polos inversos marcaron su historia: el sonido y el silencio.
De parte del sonido, su padre y su abuelo: especialistas en el manejo de la voz y en todo lo vinculado a la articulación de resonancias. De parte del silencio, Eliza –su madre– y Mabel Hubbard –aquella mujer que con el tiempo se convertiría en su esposa–, ambas eran sordas.
Resulta poco menos que natural entonces que la comunicación se convirtiera en su principal inquietud, al punto que se cuenta que intentó hacer hablar a su mascota, un perro Skye Terrier: Bell lo entrenó para que ladrara regularmente mientras le manipulaba las mandíbulas de manera que los sonidos que salían de la boca del animal asemejasen palabras y expresiones como “¿How are you, grandmother?”. Es solo un mito, pero confirma la gran obsesión de Alexander por la comunicación. De esto, a crear aparatos que la faciliten, solo faltaba una dosis de amor, sazonada con un poco de ingenio.
El joven Bell creció en las frondosas praderas escocesas de Edimburgo, y desde niño comprendió lo que significaba vivir apartado del mundo. Apenas levantaba dos palmos del suelo cuando aprendió el alfabeto mudo, usado para traducirle a su madre las conversaciones que tenían lugar a su alrededor. De recompensa, Eliza le enseñaba a tocar el piano.
La rama paterna introdujo a Alexander en la fonética y el sonido. Su abuelo se ganó la vida enseñando recitación y locución, y su padre, Melville Bell, llegó a crear un método fonético llamado “el lenguaje visible”, que instruía, a través de 34 signos, a mover la lengua, los labios y la garganta de manera correcta para una perfecta pronunciación.
La vida de quien sería el inventor del teléfono no fue para nada sencilla: cuando tenía 18 años, Ted, su hermano pequeño, murió víctima de una tuberculosis. Al año, la misma enfermedad cargó con Melly, su hermano mayor. A Alexander, sin embargo, la temible tuberculosis lo salteó.
Al perder a dos de sus tres hijos por la peste, los Bell huyeron a Canadá y se establecieron en Brantfodr. En 1871, con 23 años, Alexander se sintió preparado para salir al mundo y viajó a Estados Unidos a ejercer la docencia en una escuela para sordos de Boston, donde enseñó, a personas con problemas auditivos, a comunicarse empleando el método del “lenguaje visible”, logrando así aunar profesionalmente el mundo de su padre y el de su madre. Allí conoció a Mabel Hubbard.
Su amada Mabel:
De pequeña, ella era una persona excepcional: alegre, vivaz, inmensamente cautivante. Pero a los cuatro años, una enfermedad la cambió para siempre: tuvo un violento ataque de escarlatina y se volvió apática y callada. Algunos días después, la niña reclamó: “¿Por qué los pájaros no cantan? ¿Por qué ustedes no me hablan?.”
Las preguntas cortaron el corazón de los padres que, solo entonces, se dieron cuenta que la escarlatina había dejado completamente sorda a su hija. No obstante, la niña tenía una ventaja sobre los otros niños que nacían sordos: Mabel sabía hablar. La manera de conservar eso, era el gran desafío para los Hubbard.
El director de la escuela para sordos de Boston, les dijo que podrían preservar el habla de su hija obligándola a hablar siempre. Que jamás aceptasen gestos. Que le enseñaran por la vibración. Que la hicieran sentir el ronroneo en la garganta del gato, en el piano y a leer el movimiento de los labios.
Así fue hecho, aunque fuese doloroso a veces no dar a la niña la leche a la que apuntaba con el índice incesante. Negársela, hasta que pidiera, “quiero leche”. O entonces, simular que no estaban viendo sus gestos desesperados para ir a pasear, hasta que dijera, “quiero ir a pasear, quiero salir”.
Cuatro años después, Mabel se había adaptado en todos los aspectos a la vida normal. La maestra que enseñaba a las otras hermanas, también le enseñó a ella. Así aprendió a leer, deletrear y escribir.
La otra batalla que los Hubbard debieron afrontar fue con el propio Poder Legislativo estadual. En aquella época, los niños sordos, al llegar a los 10 años, eran simplemente enviados a asilos en el Estado vecino.
El padre de la niña, abogado, empezó a luchar para que se legislaran leyes para la creación de escuelas para sordos. La misma Mabel fue llevada delante de una comisión para probar que los niños tenían capacidades de aprendizaje.
Uno de los funcionarios afirmó que la recuperación del habla por parte del niño sordo costaba más de lo que compensaría oírlo hablar. Además que, aunque el sordo dijera algunas frases, por más grande que fuera el éxito alcanzado en la articulación de las palabras, su inteligencia continuaría siempre en tinieblas.
Mabel derrocó las afirmativas, y demostró sus conocimientos de historia, matemáticas, geografía, al contestar las preguntas que le hicieron y leer en forma fluida. Nada intimidó a la niña. Ella había crecido en una familia con muchos parientes y estaba acostumbrada a vivir rodeada de mucha gente. Cuando le preguntaron si era sorda, miró a su maestra, e intrigada indagó, “¿señorita, qué es ser sorda?”. Hasta ese entonces, ignoraba que era diferente. Esa valerosa niña se convirtió mas tarde en la esposa de Bell, y en su inspiración para crear el teléfono.
La historia de un amor:
Alexander Graham Bell, recién llegado a la escuela para sordos de Boston, fue elegido para darle clases particulares de fonética. Rápidamente surgió una amistad y se convirtió en asiduo invitado a tomar el té en la casa de los Hubbard. Con el tiempo, el doctor Bell se dio cuenta que se había enamorado de la joven Mabel, y en apenas tres años se convirtió en el marido de la muchacha y en el socio de su padre, con quien llevó adelante algunos de su proyectos científicos.
Una noche, cuando Alexander le comentó al padre de Mabel que estaba trabajando en un “telégrafo múltiple”, este se mostró fascinado y puso dinero para apadrinar el proyecto.
Sin embargo, el resultado de la asociación no fue del todo satisfactorio. Este brillante inventor tenía una de esas mentes inquietas que le hacía comenzar otro invento antes de haber concretado el primero. El padre de Mabel deploraba ese rasgo: “Bell no había terminado el Telégrafo Múltiple y ya andaba en otro invento llamado Teléfono”, protestaba.
Mabel y el teléfono:
Dicen que, mientras él trabajaba en el telégrafo múltiple, una imagen del teléfono se le apareció tenaz al oír a Mabel murmurar tristemente: “podré escuchar sobre tus inventos, pero nunca podré escucharte a ti”. El único detalle es que él no sabría que se llamaría teléfono y que terminaría cumpliendo la función que históricamente terminó cumpliendo.
Bell pensaba en un invento que traslade su voz hacia los oídos de su amada Mabel. En un viaje a Brantford, le habló a su padre sobre un posible invento que tenía como objetivo tomar una voz y poder comunicarla con un aparato en tiempo real y desde cualquier parte del mundo. Ambos pasaron horas discutiendo las posibilidades de materializar esta ocurrencia.
De retorno a Boston, se puso a elaborar su idea, ayudado por su asistente Thomas Watson. Confeccionaron un primer aparato con el que lograron transmitir ondas sonoras a través de un cable que iba de un cuarto a otro. El embrión del teléfono estaba listo. Probó hacerlo a una distancia de 7 km durante una visita a su padre en Brantford. Lo logró.
Tres días después describía en su diario cómo había conseguido completar la primera transmisión telefónica de todos los tiempos. No todo se había escuchado con pulcritud, pero las primeras palabras que le dijo por teléfono a su asistente fueron perfectamente comprensibles por el receptor: “Señor Watson, venga aquí. Quiero verle”, fue la histórica frase.
Estaba a punto de cumplir los 29 años cuando Alexander obtuvo la patente número 174.465 por su invento. Esa tarde se quedó con la gloria de haber creado el teléfono, gracias solo a haber llegado a la oficina de patentes dos horas que antes Elisha Gray, quien concibió simultáneamente un modelo casi idéntico al suyo. Por solo 120 minutos, Gray perdió su oportunidad de pasar a la historia como un célebre inventor.
Alexander Graham Bell partió, para su invento, desde la falta del sentido auditivo y su percepción sonora –la sordera– para buscar a través de la ciencia, una máquina que le haga escuchar sonidos a la persona que amaba. En ese camino, se encontró con la creación del teléfono.
Fue el destino quien dispuso que Alexander Graham Bell pasara a la historia por inventar el teléfono, porque desde el mismo día en que nació, el 3 de marzo de 1847, hasta su muerte, 75 años después, dos polos inversos marcaron su historia: el sonido y el silencio.
De parte del sonido, su padre y su abuelo: especialistas en el manejo de la voz y en todo lo vinculado a la articulación de resonancias. De parte del silencio, Eliza –su madre– y Mabel Hubbard –aquella mujer que con el tiempo se convertiría en su esposa–, ambas eran sordas.
Resulta poco menos que natural entonces que la comunicación se convirtiera en su principal inquietud, al punto que se cuenta que intentó hacer hablar a su mascota, un perro Skye Terrier: Bell lo entrenó para que ladrara regularmente mientras le manipulaba las mandíbulas de manera que los sonidos que salían de la boca del animal asemejasen palabras y expresiones como “¿How are you, grandmother?”. Es solo un mito, pero confirma la gran obsesión de Alexander por la comunicación. De esto, a crear aparatos que la faciliten, solo faltaba una dosis de amor, sazonada con un poco de ingenio.
El joven Bell creció en las frondosas praderas escocesas de Edimburgo, y desde niño comprendió lo que significaba vivir apartado del mundo. Apenas levantaba dos palmos del suelo cuando aprendió el alfabeto mudo, usado para traducirle a su madre las conversaciones que tenían lugar a su alrededor. De recompensa, Eliza le enseñaba a tocar el piano.
La rama paterna introdujo a Alexander en la fonética y el sonido. Su abuelo se ganó la vida enseñando recitación y locución, y su padre, Melville Bell, llegó a crear un método fonético llamado “el lenguaje visible”, que instruía, a través de 34 signos, a mover la lengua, los labios y la garganta de manera correcta para una perfecta pronunciación.
La vida de quien sería el inventor del teléfono no fue para nada sencilla: cuando tenía 18 años, Ted, su hermano pequeño, murió víctima de una tuberculosis. Al año, la misma enfermedad cargó con Melly, su hermano mayor. A Alexander, sin embargo, la temible tuberculosis lo salteó.
Al perder a dos de sus tres hijos por la peste, los Bell huyeron a Canadá y se establecieron en Brantfodr. En 1871, con 23 años, Alexander se sintió preparado para salir al mundo y viajó a Estados Unidos a ejercer la docencia en una escuela para sordos de Boston, donde enseñó, a personas con problemas auditivos, a comunicarse empleando el método del “lenguaje visible”, logrando así aunar profesionalmente el mundo de su padre y el de su madre. Allí conoció a Mabel Hubbard.
Su amada Mabel:
De pequeña, ella era una persona excepcional: alegre, vivaz, inmensamente cautivante. Pero a los cuatro años, una enfermedad la cambió para siempre: tuvo un violento ataque de escarlatina y se volvió apática y callada. Algunos días después, la niña reclamó: “¿Por qué los pájaros no cantan? ¿Por qué ustedes no me hablan?.”
Las preguntas cortaron el corazón de los padres que, solo entonces, se dieron cuenta que la escarlatina había dejado completamente sorda a su hija. No obstante, la niña tenía una ventaja sobre los otros niños que nacían sordos: Mabel sabía hablar. La manera de conservar eso, era el gran desafío para los Hubbard.
El director de la escuela para sordos de Boston, les dijo que podrían preservar el habla de su hija obligándola a hablar siempre. Que jamás aceptasen gestos. Que le enseñaran por la vibración. Que la hicieran sentir el ronroneo en la garganta del gato, en el piano y a leer el movimiento de los labios.
Así fue hecho, aunque fuese doloroso a veces no dar a la niña la leche a la que apuntaba con el índice incesante. Negársela, hasta que pidiera, “quiero leche”. O entonces, simular que no estaban viendo sus gestos desesperados para ir a pasear, hasta que dijera, “quiero ir a pasear, quiero salir”.
Cuatro años después, Mabel se había adaptado en todos los aspectos a la vida normal. La maestra que enseñaba a las otras hermanas, también le enseñó a ella. Así aprendió a leer, deletrear y escribir.
La otra batalla que los Hubbard debieron afrontar fue con el propio Poder Legislativo estadual. En aquella época, los niños sordos, al llegar a los 10 años, eran simplemente enviados a asilos en el Estado vecino.
El padre de la niña, abogado, empezó a luchar para que se legislaran leyes para la creación de escuelas para sordos. La misma Mabel fue llevada delante de una comisión para probar que los niños tenían capacidades de aprendizaje.
Uno de los funcionarios afirmó que la recuperación del habla por parte del niño sordo costaba más de lo que compensaría oírlo hablar. Además que, aunque el sordo dijera algunas frases, por más grande que fuera el éxito alcanzado en la articulación de las palabras, su inteligencia continuaría siempre en tinieblas.
Mabel derrocó las afirmativas, y demostró sus conocimientos de historia, matemáticas, geografía, al contestar las preguntas que le hicieron y leer en forma fluida. Nada intimidó a la niña. Ella había crecido en una familia con muchos parientes y estaba acostumbrada a vivir rodeada de mucha gente. Cuando le preguntaron si era sorda, miró a su maestra, e intrigada indagó, “¿señorita, qué es ser sorda?”. Hasta ese entonces, ignoraba que era diferente. Esa valerosa niña se convirtió mas tarde en la esposa de Bell, y en su inspiración para crear el teléfono.
La historia de un amor:
Alexander Graham Bell, recién llegado a la escuela para sordos de Boston, fue elegido para darle clases particulares de fonética. Rápidamente surgió una amistad y se convirtió en asiduo invitado a tomar el té en la casa de los Hubbard. Con el tiempo, el doctor Bell se dio cuenta que se había enamorado de la joven Mabel, y en apenas tres años se convirtió en el marido de la muchacha y en el socio de su padre, con quien llevó adelante algunos de su proyectos científicos.
Una noche, cuando Alexander le comentó al padre de Mabel que estaba trabajando en un “telégrafo múltiple”, este se mostró fascinado y puso dinero para apadrinar el proyecto.
Sin embargo, el resultado de la asociación no fue del todo satisfactorio. Este brillante inventor tenía una de esas mentes inquietas que le hacía comenzar otro invento antes de haber concretado el primero. El padre de Mabel deploraba ese rasgo: “Bell no había terminado el Telégrafo Múltiple y ya andaba en otro invento llamado Teléfono”, protestaba.
Mabel y el teléfono:
Dicen que, mientras él trabajaba en el telégrafo múltiple, una imagen del teléfono se le apareció tenaz al oír a Mabel murmurar tristemente: “podré escuchar sobre tus inventos, pero nunca podré escucharte a ti”. El único detalle es que él no sabría que se llamaría teléfono y que terminaría cumpliendo la función que históricamente terminó cumpliendo.
Bell pensaba en un invento que traslade su voz hacia los oídos de su amada Mabel. En un viaje a Brantford, le habló a su padre sobre un posible invento que tenía como objetivo tomar una voz y poder comunicarla con un aparato en tiempo real y desde cualquier parte del mundo. Ambos pasaron horas discutiendo las posibilidades de materializar esta ocurrencia.
De retorno a Boston, se puso a elaborar su idea, ayudado por su asistente Thomas Watson. Confeccionaron un primer aparato con el que lograron transmitir ondas sonoras a través de un cable que iba de un cuarto a otro. El embrión del teléfono estaba listo. Probó hacerlo a una distancia de 7 km durante una visita a su padre en Brantford. Lo logró.
Tres días después describía en su diario cómo había conseguido completar la primera transmisión telefónica de todos los tiempos. No todo se había escuchado con pulcritud, pero las primeras palabras que le dijo por teléfono a su asistente fueron perfectamente comprensibles por el receptor: “Señor Watson, venga aquí. Quiero verle”, fue la histórica frase.
Estaba a punto de cumplir los 29 años cuando Alexander obtuvo la patente número 174.465 por su invento. Esa tarde se quedó con la gloria de haber creado el teléfono, gracias solo a haber llegado a la oficina de patentes dos horas que antes Elisha Gray, quien concibió simultáneamente un modelo casi idéntico al suyo. Por solo 120 minutos, Gray perdió su oportunidad de pasar a la historia como un célebre inventor.
Alexander Graham Bell partió, para su invento, desde la falta del sentido auditivo y su percepción sonora –la sordera– para buscar a través de la ciencia, una máquina que le haga escuchar sonidos a la persona que amaba. En ese camino, se encontró con la creación del teléfono.




